SUPERVISIÓN BANCARIA
EN ESTADOS UNIDOS

 

Texto y Fotografía: Project Syndicate
Imagen Portada: Berkan y Gerd Altmann, en Pixabay.


Este artículo está escrito por Amit Seru,  profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios de Stanford y miembro sénior de la Hoover Institution.

STANFORD – La supervisión bancaria en Estados Unidos vuelve a estar en el punto de mira. En los últimos meses, altos funcionarios de la Reserva Federal han comenzado a recortar personal, revisar las directrices para los inspectores y alejarse de lo que describen como un enfoque de supervisión excesivamente centrado en los procesos. El objetivo declarado es hacer que la supervisión sea más transparente, menos costosa y más adecuada para un sistema financiero basado en datos.

No se trata solo de un debate académico. Dado que se espera que Kevin Warsh –el candidato del presidente Donald Trump para la presidencia de la Fed– favorezca un régimen menos estricto, las decisiones que se tomen en los próximos meses determinarán la agresividad con la que los reguladores identifiquen y respondan a los riesgos bancarios.

El cambio ya está en marcha. La vicepresidenta de supervisión de la Fed, Michelle Bowman, ha actuado con rapidez para reorganizar su división: ha elevado la vara para citar formalmente a los bancos, ha animado a los inspectores a dar menos importancia a la documentación y ha reorientado la supervisión hacia los riesgos financieros fundamentales. Los partidarios de esta medida la consideran una corrección largamente esperada del exceso burocrático, mientras que los detractores temen que el péndulo se desplace demasiado, lo que impediría a los reguladores detectar los riesgos emergentes en un contexto de creciente vulnerabilidad.

Sin duda, hay argumentos de peso a favor de la modernización. El marco de supervisión CAMELS -que abarca la adecuación del capital, la calidad de los activos, la gestión, los beneficios, la liquidez y la sensibilidad al riesgo de mercado- se diseñó hace décadas. Requiere muchos recursos y, a menudo, se aplica de manera uniforme a instituciones con perfiles de riesgo muy diferentes.

Los bancos más pequeños, en particular, enfrentan importantes costos fijos de cumplimiento. Al mismo tiempo, los supervisores hoy disponen de datos mucho más completos y actualizados que sus predecesores, lo que les permite detectar los riesgos de forma más temprana y coherente. Un cierto grado de evolución es bienvenido y necesario desde hace tiempo.

Ahora bien, no se debe confundir modernización con simplificación. Tratar la supervisión bancaria como un ejercicio mecánico o algorítmico, en lugar de uno que depende de un juicio informado, impediría a los supervisores detectar las primeras señales de problemas. Dado que los bancos siguen absorbiendo grandes pérdidas por tasas de interés y que los valores inmobiliarios comerciales siguen bajo presión, ese enfoque podría resultar un error muy caro.

Cualquier esfuerzo de reforma serio debe comenzar con una comprensión clara de lo que es la supervisión bancaria. No se trata solo de hacer cumplir las reglas o de marcar casilleros. En esencia, la supervisión es un proceso de recopilación e interpretación de información sobre riesgos que los mercados, los ratios de capital y los modelos formales a menudo pasan por alto. Al combinar datos concretos con evaluaciones cualitativas de estrategia, gobernanza y gestión de riesgos, los supervisores bancarios tratan de identificar las vulnerabilidades antes de que se conviertan en pérdidas o retiradas masivas de depósitos.

Por esa razón, las decisiones de supervisión nunca se han podido reducir a una fórmula. Las calificaciones CAMELS no pretenden ser puntuaciones precisas. Son evaluaciones estructuradas que sintetizan señales dispares en alertas tempranas. Su valor no radica tanto en la precisión como en impulsar la acción mientras los problemas aún son manejables, incluso si esas intervenciones tempranas son impopulares en ese momento.

Los críticos suelen señalar las diferencias entre los supervisores bancarios como prueba de que la discrecionalidad es defectuosa. Pero la variación no significa que los juicios carezcan de valor. Mi propio trabajo empírico reciente muestra que los supervisores le asignan una importancia considerable a la calidad de la gestión a la hora de asignar las calificaciones CAMELS. Si bien es innegable que esas evaluaciones son imperfectas, también contienen información útil. Es fundamental que ayuden a predecir futuras caídas en la calidad de los activos y los beneficios que a menudo pasan por alto los indicadores del balance, especialmente cuando los bancos con poco capital y respaldo gubernamental se ven más tentados a asumir riesgos.

Esa combinación de subjetividad y perspicacia no es accidental. Si bien la calidad de la gestión, la gobernanza y la cultura de riesgo son en sí difíciles de cuantificar, determinan el comportamiento de los bancos en situaciones de estrés. Un banco con escaso capital, controles internos débiles y poco acceso a una red de seguridad pública tiene incentivos fuertes para arriesgarse cuando las condiciones se deterioran. Los modelos pueden identificar las exposiciones, pero se requiere el juicio humano para interpretar el comportamiento y la intención.

La IA puede desempeñar un papel constructivo si se utiliza con cuidado. Las nuevas herramientas de aprendizaje automático pueden detectar patrones en los bancos, ayudar a los supervisores a calibrar la ponderación asignada a los diferentes indicadores de riesgo, reducir la inconsistencia entre los inspectores y hacer que los juicios de supervisión sean más transparentes y comparables. Lo que no pueden hacer es sustituir la responsabilidad. Las decisiones en materia de cumplimiento, las restricciones a los dividendos o el cierre de un banco en quiebra requieren, en última instancia, de una toma de decisiones humanas. Reducir la discrecionalidad sin aclarar quién es responsable conlleva el riesgo de sustituir el juicio por una ambigüedad institucional, precisamente cuando la claridad es más importante.

El margen de error es escaso. Muchos bancos estadounidenses siguen arrastrando importantes pérdidas no realizadas debido al aumento de las tasas de interés, mientras que las recientes respuestas políticas han respaldado eficazmente a los depositantes no asegurados, lo que ha cambiado los incentivos en todo el sistema. Los inmuebles comerciales siguen siendo una fuente de tensión, especialmente para los bancos medianos y regionales. En este contexto, relajar los requisitos de capital y reducir la supervisión equivale a apostar a que el crecimiento resolverá las vulnerabilidades estructurales.

Cuando los reguladores hacen esa apuesta, los contribuyentes suelen pagar los costos. El capital y la supervisión son complementarios, no sustitutivos. Un capital sólido proporciona un colchón cuando el juicio de la supervisión resulta imperfecto, mientras que una supervisión eficaz desalienta la asunción de riesgos excesivos cuando el capital es escaso. Debilitar a ambos al mismo tiempo aumenta la fragilidad, no la resiliencia.

Una agenda de reformas sensata reconocería estas compensaciones. Los reguladores bancarios deberían hacer un mejor uso de los datos y las herramientas de IA para mejorar la consistencia y la detección de riesgos, pero la supervisión no puede automatizarse por completo. Los requisitos de capital deben seguir siendo sólidos durante esta transición, especialmente mientras persistan las pérdidas ocultas y los riesgos estructurales. Por sobre todas las cosas, el juicio humano -disciplinado, transparente y responsable- debe seguir siendo fundamental.

La modernización es necesaria. Pero, en finanzas, eficiencia no es sinónimo de seguridad. Un sistema de supervisión más fácil de administrar, pero menos capaz de detectar riesgos, sería un paso atrás. El objetivo de la reforma debería ser un sistema financiero que absorba las pérdidas sin dramas, no uno que valore la simplicidad por encima de la resiliencia.

 

Articulista

Amit Seru
Profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios de Stanford y miembro sénior de la Hoover Institution.

Fuente:
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